El ciclo de Adlan.

Me despierto sobresaltado. La luz grisácea del amanecer se cuela por las persianas. Sobre el escritorio, inexplicablemente, hay un sobre blanco con mi nombre: Adlan. Un escalofrío recorre mi espalda mientras lo abro con manos temblorosas. Dentro, en una hoja doblada, leo una frase imposible: “Anoche logramos matarte. Ahora formas parte de nuestro experimento.”

¿Matarme? El papel tiembla entre mis dedos mientras mi corazón late desbocado. Releo la frase una y otra vez sin comprender. ¿Esto es una broma macabra? Busco alguna firma, alguna pista de su origen, pero no hay nada: ningún remitente, ninguna señal aparte de esas palabras frías impresas sin emoción. Recuerdo haberme acostado anoche, nada fuera de lo normal… ¿o sí? Mi memoria de anoche llega intacta hasta que me dormí. Sin embargo, la carta asegura que “lograron matarme”. Examino mi cuerpo con nerviosismo en busca de heridas o señales de ataque. Nada, ni un rasguño. Solo hay algo que me eriza la piel: la cicatriz en mi rodilla, recuerdo de la infancia, ya no está.

Al retroceder tambaleante, distingo un papel arrugado bajo la cama. Lo recojo: es otra carta idéntica, fechada semanas atrás. “Anoche logramos matarte…” empieza de nuevo el mismo texto escalofriante. Revuelvo desesperado los cajones y rincones de la habitación. Encuentro varias más, algunas amarillentas por el tiempo. Un mareo me golpea al comprender la horrible verdad: esta no es la primera vez. He muerto antes. O al menos, el “yo” original murió. Mi conciencia ha sido transferida una y otra vez a cuerpos clonados: copias perfectas, sin cicatrices ni recuerdos anteriores.

Siento náuseas y todo me da vueltas. ¿Cuántas veces he vivido este horror? Un sollozo impotente brota de mi pecho mientras intento asimilar que solo soy un experimento. Me aferro al borde del escritorio para no caer. Pienso en huir, pero ¿adónde? Seguro me vigilan. En cuanto descubra demasiado…

De pronto, un olor dulzón y químico invade el aire. Mis párpados se vuelven pesados. No… no otra vez… Lucho por mantener los ojos abiertos, por aferrarme a la certeza recién obtenida. Debo… recordar… Debo…

Me despierto con un sobresalto. La luz de la mañana se filtra tenue por las persianas. Tengo la mente confusa, como si hubiera olvidado un sueño importante. Me incorporo lentamente; un leve mareo se desvanece. Todo parece normal, salvo un detalle que hace saltar mi corazón: sobre el escritorio hay un sobre blanco con mi nombre. Tiemblo sin saber por qué mientras lo abro. Dentro, una hoja con una frase: “Anoche logramos matarte. Ahora formas parte de nuestro experimento.”

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