
Se encontraron como en otras vidas. Lo supo al instante, en ese primer cruce de miradas donde el tiempo dejó de importar. No era la primera vez. Tal vez tampoco sea la última.
Desde entonces, volvieron a verse, sin reglas ni promesas, sin esperar nada más. Porque aunque nunca fueron del todo, tampoco pudieron alejarse por completo.
Durante años, ella lo esperó sin saber que lo hacía. Lo idealizó, lo soñó, creyó que en algún momento el puente se construiría solo. Pero los puentes no se construyen con deseos, sino con hechos. Y él nunca cruzó del todo.
Un día lo entendió. No con la resignación de quien pierde, sino con la paz de quien acepta. No hay más expectativas, y en esa ausencia, hay una libertad que no conocía.
Lo sigue queriendo. Pero ya no lo espera.
Si hay otras vidas, tal vez en alguna el tiempo y el espacio se alineen para ellos. Y si no, está bien. Porque en esta, ella aprendió a soltar sin dejar de llevarlo consigo.
“Algunos amores cruzan vidas, otros se quedan en el borde. ¿Dónde guardas los tuyos?”
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