La mansión entre mundos.

A simple vista, era solo una casa olvidada, donde el tiempo parecía haberse detenido. Las paredes cubiertas de hiedra y los espejos polvorientos reflejaban ecos de un pasado que nunca terminaba de desvanecerse. Sin embargo, en lo más profundo de sus salones, entre los lienzos desgastados y los muebles cubiertos de musgo, había algo más: un umbral invisible entre lo real y lo imposible.

Clara, con la curiosidad propia de quienes aún creen en los secretos ocultos del mundo, descubrió que los cuadros no eran solo pinturas… eran puertas. Y cuando la brisa perfumada del bosque comenzó a colarse entre los marcos dorados, supo que la mansión escondía algo que desafiaba la lógica del tiempo y del espacio.

Atravesar el umbral significaba dejar atrás lo conocido. Pero, ¿y si lo desconocido fuera su verdadero hogar?

El perfume de jazmín y lavanda seguía flotando en el aire, atrapado en el tiempo como la misma casa. Las paredes, con su yeso descascarado, aún retenían rastros de un verde profundo, como si la naturaleza hubiese susurrado a los muros su deseo de volver. El suelo de mármol tenía vetas que parecían caminos secretos, y los espejos, aún en sus marcos dorados, devolvían reflejos de vidas pasadas.

Clara solía aburrirse los días de lluvia. Sentada en el sillón de terciopelo carmesí, con la barbilla apoyada en las manos, miraba el enorme cuadro que colgaba sobre la chimenea. Era un paisaje bucólico, un bosque dorado con flores imposibles y una pequeña senda que se perdía entre los árboles. Lo que más le gustaba eran los conejos blancos que saltaban entre los arbustos y el caballito de mirada curiosa.

—Qué aburrido es estar sola… —murmuró Clara.

Entonces, sucedió.

El caballito sacudió la cabeza, como si su melena cobrara vida dentro del óleo, y los conejos dejaron de ser pinceladas para convertirse en criaturas de verdad. Uno a uno, saltaron desde el cuadro y aterrizaron en la alfombra con la ligereza de un suspiro. Clara abrió los ojos de par en par y soltó una risita.

—¡Sabía que estaban vivos!

Los pequeños animales se esparcieron por la habitación: un conejo se subió al sofá y otro trepó sobre su regazo, moviendo la nariz con curiosidad. El caballito, con el brillo de la pintura aún reflejado en su pelaje, olfateó los jarrones con flores y luego relinchó suavemente, invitándola a seguirlo.

La casa crujió a su alrededor, como si despertara de un largo sueño. Las cortinas se agitaron sin viento, las lámparas resplandecieron con velas recién encendidas, y un suave aroma a rosas y magnolias llenó la estancia. Clara se puso de pie y siguió a sus nuevos amigos a través de los pasillos de paredes verdes, donde los frescos de flamencos y ciervos parecían mover los ojos.

—¿Dónde me llevan? —preguntó, riendo, mientras los conejos brincaban a su alrededor.

El caballito se detuvo frente a una puerta azul marino, cuyas molduras talladas parecían enredaderas antiguas. Clara la abrió con cuidado, y del otro lado no había otra habitación, sino un prado iluminado por una luz dorada. Un campo de flores que se movían como si danzaran, y un cielo que no pertenecía a ninguna hora del día.

—Es nuestro mundo —susurró el caballito, y su voz sonó como el murmullo del viento.

Clara no dudó. Dejó atrás la casa que nunca terminaba de envejecer y cruzó el umbral. Detrás de ella, la puerta se cerró con un suave chasquido, y la habitación quedó en silencio, con el cuadro nuevamente intacto sobre la chimenea.

Pero si uno miraba bien, si uno observaba con atención, podía notar algo diferente en la pintura: entre los árboles dorados, ahora había una niña, riendo, corriendo con los conejos, y montando un caballito blanco con alas que nunca antes habían estado ahí.

🏚️¿Te animarías a ingresar a esta mansión? ¿Y si encuentras tu verdadero mundo? 

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