
Entré sin permiso.
Nadie me vio abrir la puerta, pero escuché cómo crujía, como si la casa también dudara de dejarme pasar.
Ella —la que firma estas historias— dice que todo esto lo escribió de grande. Que hay cosas que no son para mi edad. Que algunas palabras son demasiado filosas, que los silencios pesan más que los párrafos.
Pero yo ya me salí de la historia que me tocaba.
No quise quedarme en ese capítulo donde siempre era la nena callada, con flequillo recto y rodillas huesudas.
Me escapé del recreo, de los mandatos, del delantal marrón claro, y me metí acá: en este universo de relatos con olor a tinta seca y secretos mal guardados.
Vi que algunos textos están arrugados de tanto releerlos en la oscuridad.
Otros tienen olor a mar, a bronca, a despedida sin carta.
Uno tenía escrito: “Esto no lo va a entender nadie”.
Y me reí, porque yo lo entendí.
No soy un personaje. Soy la que quedó al margen de todo lo que no se dijo.
Y ahora vine a recorrerlo. A iluminar con mi linterna de infancia los rincones que ella tapó con metáforas.
Leí lo que escribió sobre el cuerpo, sobre los hombres que vienen y se van, sobre las veces que quiso ser libre y no se animó.
Y aunque lo firmó con nombre de adulta, esto también era mío.
Porque fui yo la que empezó todo esto.
La que miraba de costado, la que escribía sin saberlo, la que soñaba con casas imposibles y mapas rotos.
La cartógrafa empezó conmigo. Yo soy el primer trazo.
“Esto que escribiste desde el dolor, desde el deseo o desde la lucidez adulta, también me incluye. Porque yo estuve ahí desde el origen. Yo lo dibujé antes de que vos lo escribieras. La cartógrafa empezó conmigo.”
Fragmento visual del relato “La mansión entre mundos”.
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